Educar es esculpir el alma

El escritor y político inglés Joseph Addison comparaba a la enseñanza con el arte de esculpir, “lo que una escultura es para un bloque de mármol, la educación es para el alma humana”, decía. Si lo conjugamos con lo que explicara uno de los más grandes exponentes de ese arte, Miguel Ángel Buonarroti, “¿cómo puedo hacer una escultura? Simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario”, entonces podemos entender la visión de Addison de educar el alma. Así debe ser la labor del maestro.

Los alumnos no son piedras inertes, no son arcilla que moldear al antojo de ceramistas, son personas únicas con aptitudes, valores, historia, sueños y sombras. Para Buonarroti, la figura emergía del mármol, solo tenía que labrar fuera de las paredes rugosas que la aprisionaban para mostrarla en toda su belleza y esplendor, y en ello radica la tarea más difícil del maestro, sacar de cada estudiante la mejor versión de sí mismo, como explicaba el brasileño Paulo Freire.

El maestro es, por supuesto, un artista, pero al ser un artista no significa que él o ella puede hacer el perfil y dar forma a los estudiantes. Lo que hace el educador en la enseñanza es hacer posible que los alumnos se conviertan en sí mismos.

En tiempos de tempestad, el maestro debe ser la brújula, debe saber cuándo se necesita un abrazo o un consejo, una conversación o un regaño. Debe ser guía y modelo y como predicara la poetisa y pedagoga chilena, Gabriela Mistral.

Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase.  Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra.

Las transformaciones que se han dado en el entorno de la comunicación y las nuevas tecnologías influyen en la sociedad y en el desarrollo de cada individuo como ser social. A su vez, han surgido nuevos espacios de intercambio más allá de la realidad, en el mundo virtual; han cambiado los modos de interacción entre las personas, acortando distancias físicas al alcance de un click, trastocando personas en usuarios, imbuyéndolos en ese torbellino de información y contenido y enajenándolos del entorno real.

Es, en ese nuevo contexto, que se redimensionan la escuela y el papel del maestro, que, a la vez, debe llenar vacíos en la educación que tradicionalmente correspondían a la familia y la sociedad, asumiendo la función de educar como la describiera Martin Luther King, Jr, “enseñar a pensar intensa y críticamente. Formar inteligencia y carácter”.

Nelson Mandela expresó “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, pero como acotaría Paulo Freire, y es en esa dirección que estamos llamados a trabajar, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Enseñar no es transferir conocimiento sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción.

Por: Adary Rodríguez Pérez

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