Celia, o el regazo materno de la Patria libre

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Celia, o el regazo materno de la Patria libre

9 mayo, 2020 Noticias 0

Algo de impulso, de conspiración extraña, de anuncio estremecedor, dijo del ser especial que había nacido. Media Luna, 1920, batey azucarero y en Oriente bien adentro, cuadro ideal para la superstición. Pero no en la casa de Manuel, el médico generoso, hombre de ciencia, que exploraba los resquicios de las cuevas donde decían que había güijes y, sin dar crédito a los aparecidos, se iba a caballo, de madrugada y lloviendo, por las guardarrayas, al bohío de los enfermos sin centavos.

No era superstición, pero la niña que nació aquel día movió el piso de todos en la casa, agitando el torrente de la sangre familiar. Eso mismo, la sangre, porque unos años después iba ella sobre el lomo del caballo, a la espalda del padre, de enfermera en la asistencia a los campesinos pobres. Y se iba con él, también, a otear las piedras extrañas, y luego sola, en Pilón, por las curvas de la costa brava, sobre el diente de perro, en la pesquería del mar, en la inmensa ­libertad que creció amando, cuando escalaba los montes para mirar desde ellos.

Tenía hermanos mayores, pero aquellos, como en una compulsión, hallaron en el regazo de la niña un tierno amparo. El padre, en la distancia, la miraba y sonreía, recordando el dulce instante en que, ciego de emoción, le firmó el nombre: Celia Esther… de los Desam­parados.

Joven ya, sabía de héroes por las historias paternas, de las guerras justas, del verso hirsuto de José Martí, del poeta y del mambí. En La Habana, el tirano hipócrita se ufanaba en levantar, con los dineros del pueblo, el monumento más alto; mientras ella, de la mano de Manuel, puso el bronce en lo alto natural, que fue homenaje franco y sencillo.

En Santiago tronó una rebelión, y ella, tan cerca, amante de lo libre, procuró cómo ser parte. Supo del joven Fidel, y aquel, de la joven Celia: «si esa mujer es como tú dices, donde mejor está es en Manzanillo».

Desde entonces, el imperio de las sombras clandestinas le puso muchos nombres: Norma, Aly, Carmen, Liliana, Caridad, y cuando arribó a la Isla el yate redentor, justo allí por donde empezó ella a amar la libertad, preparó el abrazo campesino que le enderezó el rumbo a la Revolución. Eso hacen las madres, que sienten tanto por la vida de los hijos como por la de la Patria, que saben que no vale la una sin la otra, y los manda a la guerra, y se va con ellos.

A la sombra del marabú tupido preparó el primer grupo grande de soldados que partió a la Sierra y, poco después, cuando pendía de un error su vida en la ciudad, se fue ella misma a los picos, a colgarse un fusil en los hombros delicados.

Cuentan los nativos que jamás hubo tantas flores y bravura juntas en aquella cordillera, que la guerra dirigida desde La Plata se planeaba sobre alfombras de mantos y guirnaldas, que una orden de emboscada se escribía en trazos suaves, y que en el recado de su dulce voz se enteró el Che de su ascenso a Comandante.

La idea y un gesto suyo abrieron un espacio a la mujer en la línea de combate, y al triunfo luminoso estuvo siempre, con la resolución de la mano derecha.

No hubo en Cuba, desde entonces, hijo sin madre, ni campesino olvidado, ni asunto traspapelado. Hay un sello de Celia en cada parte, del país y de su historia, de los hombres y mujeres, del ayer y del hoy.

La noche de un siglo atrás, un concilio de entusiastas en La Habana prendía las primeras velas de Cuba por las Madres. En el mismo día de mayo, en Media Luna, se oía el llanto de la niña que nació para mamá.

La vida de Celia Sánchez fue completa un pecho abierto. Se abstuvo de los hijos de la carne; pero en la cobija vital de su regazo, tuvo amparo toda la Patria libre.

Tomado de Granma

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