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Una flor, un beso, un tributo a El Mayor

9 mayo, 2019Adary Rodríguez Pérez Visitas diarias: 0    Total de visitas: 0

Sin lutos, ni grandes demostraciones, acaso, con unas flores, un beso o un ligero sobrecogimiento por saber de su grandeza e imaginar cuanto hubiera podido hacer si los españoles no hubieran segado su vida aquel 11 de mayo de 1873, recordamos hoy al héroe epónimo, al que con el orgullo de camagüeyanos identificamos como “nuestro”, como ejemplo de decoro y valentía.

Quizás por azar, porque tanta hidalguía desborda la existencia y le confiere a los héroes un sitio en la gloria; tal vez, porque el destino le jugó una mala pasada a favor de sus enemigos en Potreros de Jimaguayú, con la hierba cubriendo los campos y alzándose como edificaciones que le impedían ver el desplazamiento de un hombre a caballo pero, una bala, dos, tres, alcanzaron su cuerpo y le hicieron caer en esta tierra suya.

El Camagüey lo acunó en sus brazos y a él y a Cuba toda le entregó su vida, en aras de la independencia. Soñó con un futuro mejor para su Patria, respaldado por una Constitución aprobada en Guáimaro, y redactada por él junto a Antonio Zambrana, y salió a la manigua a conquistarlo.

El fuego del amor llenaba su alma y su recién formalizado hogar, pero cuando el deber lo llama, no duda y parte a la guerra, prodigando a su esposa cartas que le hablan de su infinita fidelidad y su desconsuelo por la distancia.

La fuerza de su unión era tanta, que su Amalia adorada deja las comodidades y corre a sus brazos. Entre paredes de madera en medio del monte viven El Idilio y nace su hijo Ernesto, el mambisito, mientras que en el exilio nacería su otra hija, Herminia, a quien el padre nunca conoció.

El miedo empuñó el arma mortal, el terror que inspiran en los débiles y despreciables, los gigantes de honor y hazañas. La leyenda nos devuelve esa imagen velada por el tiempo, la distancia y los recuerdos, hecha poesía.

Y aquel diamante con alma de beso, el esposo amantísimo, el abogado justo, el jefe austero, el patriota valeroso, Ignacio Agramonte y Loynaz, el 11 de mayo de 1873 cabalgaría, con solo 31 años, hacia la inmortalidad.