Educar: una vocación

Por: Adary Rodríguez Pérez

educacion_pizarra_tizasDesde pequeños hay quienes sueñan con ser maestros, el tiempo corrobora o desestima completamente esas ilusiones. La vida va marcando caminos o tendencias, a través de las cuales, e influenciada por diversos aspectos sociales, intelectuales y afectivos, va surgiendo la vocación de ser educadores.

Esa inclinación o interés para dedicarse a tan valiosa profesión es sostén para solventar los días malos en pos de la compensación espiritual cuando se ha logrado realmente instruir a los alumnos y prepararlos para la vida.

Para el Apóstol en esa preparación para el futuro, depositando en el estudiante el saber que le ha antecedido, dotándole de conocimiento y valores, se debe centrar la educación.

“Educar, precisaba José Martí, es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer de cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él, y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote sobre él; es preparar al hombre para la vida”.

Se acerca el 22 de diciembre, fecha en la que celebramos el Día del Educador, desde que en 1961 se dio la noticia de la culminación exitosa de la Campaña de Alfabetización y Cuba fue proclamada Territorio Libre de Analfabetismo.

Les propongo un ejercicio: traten de recordar a las personas que estuvieron a su lado en esos primeros años de estudio. Seguramente salta a la memoria el rostro de alguna seño que los cuidó con cariño, de algún profesor querido o de otros no tan estimados pero que hemos aprendido a admirar con el tiempo, pues la educación no la hacen las instituciones, ni los medios, sino ustedes: profesores.

Cuando iniciamos nuestro paso por esa segunda casa que es la escuela, y a través de todo el proceso educativo, siempre nos lleva de la mano el maestro; luego cuando comenzamos la vida profesional vemos su huella indeleble en cada acción y su influencia en nuestra personalidad.

Por eso, cada mañana cuando se acomodan esos sencillos trajes con los que salen de prisa a sufrir los rigores del transporte en aras de llegar a tiempo ante el alumnado que los espera, cuando imparten sus lecciones, o caminan por los pasillos de esta Casa de Altos Estudios, lucen también las vestiduras y los ademanes de su vocación, y aún los llevan con orgullo cuando llegan a casa, cansados del día y sus vicisitudes.

Leía por estos días las confidencias de una profesora argentina y quisiera compartirlas con ustedes, junto a la invitación de reencontrarnos, al final de estas líneas, en un diálogo en el que podrán participar todos: “quien tiene verdadera vocación, -precisaba Jorgelina Lastiri en una nota del diario El Clarín- se plantea la excelencia como meta, cree en el perfeccionamiento, reconoce la necesidad de adecuarse a los cambios y elige posicionarse como actor y no como mero espectador en el escenario actual”, puesto que la educación se trasforma a medida que las necesidades de la sociedad cambian.

La educación está en sus manos, maestros, así como el futuro de sus alumnos y el del país.

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